miércoles, 23 de abril de 2014

El camino que nunca más creí recorrer

Por: Alejandra Inclán 

Las hojas del sauce donde solíamos sentarnos empiezan a caer. Llegó el otoño. Y mírame aquí solo. Sin ti no es lo mismo…

Vengo a este parque  por nostalgia. Te perdí. Fue un descuido. Un prejuicio. Mi hombría. Mi falta de apertura.

Te amaba. Nada debió importarme. Pero sí me importó. Yo quería hacerte el amor y tú me rogabas que esperara. Pasaron tres meses para que mis ansias de sexo te hicieran confesarte. “Quería que me conocieras primero”, me dijiste. Yo intrigado no sabía a qué te referías.

¡Eres un hombre! ¿Cómo no me di cuenta? “No soy un hombre, soy una mujer en un cuerpo equivocado”, dijiste ante mi reacción ¿Cuerpo equivocado? Yo no entiendo de eso. Para mí sólo hay hombre y mujer. Y tú eres un hombre. Por eso no entiendo  cómo puedo aún quererte. El hacerlo debe convertirme en una especie de “mayate” o de homosexual, no lo sé. Pero yo no sabía. Tu voz, tu cuerpo, tu forma de ser… Todo era perfecto. Cómo intuir entonces ante tus cualidades femeninas, que eras un hombre, que eres un hombre.

Te extraño. Te metiste de apoco y a la vez rápidamente a mi corazón. Comprendías mis aficiones, respetabas mis espacios, cuidabas mi economía. No me exigías tiempo de más, comprendías mi proceder masculino, ¿cómo no lo ibas a comprender sí eres hombre? Pero a pesar de comprenderlo actuabas como una mujer. Creo que sí eres una mujer, mas no del todo, no de tu cuerpo, no de todas las partes de tu cuerpo.

Quise golpearte, hacerte pagar el engaño. No pude. A un hombre lo hubiera casi matado, a ti aún te veía como una mujer en ese momento. Sin embargo aquello se cortó y terminé sin saber qué hacer. Me marché para no hacerte daño.

¡Qué estúpido fui! Cómo no serlo en esos momentos. No me llamaste y no te llamé. No quería verte. Imagino que tú tampoco. Dije muchas cosas que te arrancaron lágrimas. Prácticamente no dije  ninguna grosería –sólo al final–, pero vi como te dolía que te dijera “¡eres un hombre!”.

No intentaste tocarme, abrazarme  o besarme, a pesar que con ello siempre lograbas ponerme romántico, bajar mis defensas y hacerme cumplir algunos de tus sensatos caprichos. No recurriste a ello y te lo agradezco, pues hubiera terminado arrepentido de mi posible reacción. Te miré con desprecio y antes de irme te dije “¡maricón!”

Ya un año de ello. Acabará el otoño y vendrá el invierno y mi corazón estará aún más frío.  Te quiero buscar, mas no me perdono el daño que te hice. Sobre todo, no me perdono por haber dejado pasar tanto tiempo para vencer mis prejuicios. Sí eres un hombre, es cosa que ya no me importa. Quiero verte como una mujer. Romperé todos mis complejos, todos mis miedos al qué dirán, el miedo a tener contigo intimidad. Tengo mucho que aprender.

Iré a tu casa. Espero me perdones. Espero no estés con alguien. Sé que debe haber tipos realmente comprensivos… Ojalá ninguno haya aparecido.

Voy por ti, no eres un hombre, ¡eres una mujer!…

Ha comenzado a llover y me pierdo en las calles, en tu calle, en el camino que nunca más creí recorrer.

 Derechos reservados © 2013, Verónika Alejandra Inclán Cazarín